ASUMIR LA NEGRITUD, SOBRESALTO DIGNO

La colonización, junto con su pretendida civilización progresista desvirtuó pueblos enteros y sus culturas. No solo rompió con los moldes arcaicos, los desraízo por considerarlos obsoletos. Sin embargo, no por mucho eliminar civilizaciones se consiguió realmente su desaparición. A los humanos nos gusta por alguna extraña razón desenterrar a los muertos. Queremos saber de dónde venimos y las argumentaciones racionalistas no mitigan esa sed. La arqueología sentimental proporciona líneas de comportamiento indagatorio. Así aparecen en la historia moderna personajes desarraigados culturalmente por circunstancias migratorias, insatisfechos con las propuestas culturales novedosas y modernas de su entorno.

A principios de los años treinta del siglo pasado surgieron tres estudiantes negros en Francia reivindicando su negritud. El término fue acuñado por Aimé Césaire, en la revista “L’Etudiant Noir” publicada en Paris en 1935. El martiniqués inventor del concepto fue uno de ellos junto a Léopold Sédar Senghor de origen senegalés y el guayanés Léon Gontran Damas.

Ya William E.B. Dubois, había negado la asimilación de los negros americanos a la sociedad de dominación blanca en el seno de los Estados Unidos de América (“The Soul of Black People, 1890), según él, el pueblo negro como raza tenía algo que aportar a la civilización y a la humanidad como ninguna otra raza podría hacerlo. Era la versión subjetiva de la Negritud, o su semilla, por decirlo así.

Más tarde los estudiantes anteriormente citados revisarían el concepto, defendiendo una cultura que consideraban amenazada y que debían restaurar a su debido lugar. Reclamando el respeto por su identidad cultural ante una situación en que el colonizado era ninguneado por el colonizador. De forma que se les representaba como un seres cobardes, estériles y menos profundos que sus conquistadores. En ningún caso se parte de la base que el negro tenga también algo que aportar a la civilización. Prueba de ello es que podemos citar los nombres de algunos faraones de Egipto, o algunas de las dinastías árabes norte-africanas, ya que forma parte de nuestra educación, sin embargo, no sabemos quienes fueron los protagonistas de la historia africana sub-sahariana a menos que hagamos alguna búsqueda exhaustiva. Es como si en el momento de la colonización dejarán de existir, como si nunca hubieran tenido historia propia, atropellados y reducidos a la nada más absoluta. El efecto en ellos es peor, es como si hubieran rellenado sus cerebros con la fatalidad o la ineptitud, sin poder para elaborar su propio destino. Sin pasado, sin futuro.

La negritud, no pretendía la negación de la cultura blanca, racionalista, científica, materialista y atea; solo un replanteamiento de la especificidad negra que parecía amenazada desde el respeto por otras formas de entender este planeta en el que todos somos vecinos.

Un “Patchwork” mundial de singularidades formando un mestizaje cultural, sin que por ello se tratara de una globalización de la cultura. Cada pueblo podría aportar de ese modo algo al conjunto. Tal como dijo Senghor: “La emoción es negra como la razón helénica”, la emoción del africano podía aportar y puede aún aportar sentido a la cultura, y especialmente a la literatura.

En la defensa de ese ideal se llegaron a utilizar términos duros, Dumas poéticamente dice:

“Nunca sabrán este rencor de mi corazón, ese ojo de mi desconfianza abierto demasiado tarde robaron un espacio que era mío. Las costumbres, los días, la vida, la canción, el ritmo…

Nada sabría calmar tanto mi odio como un buen charco de sangre (…) Un odio que crece al margen de los negreros de las cargas fétidas de esclavitud cruel…”

Algunas personas aprovecharon el filón para hacer de ello una reivindicación política de derechos, no parece que ese haya sido el objetivo principal de los tres estudiantes, más bien interesados en la literatura y en el desarrollo del pensamiento. De ahí la ambigüedad del movimiento. No se puede negar que todo parte de unos sentimientos pisoteados que son una revelación de las motivaciones. Aún así, no eran revolucionarios, ni crearon disensiones, solo eran pensadores de raza negra dolidos que usaban imágenes tan fuertes como eran sus sentimientos en el momento en el que escribían. No rechazaban todo lo que el hombre blanco aportó al progreso, su negritud estaba abierta al aprendizaje, o incluso a incorporar algunas novedades; sin por ello sentirse obligados a renunciar a su propia esencia.

De hecho no se puede hablar del pueblo negro como de un solo ente, sino como un conjunto de formas de vivir que siguen una línea parecida. Y que en ocasiones aúnan sus fuerzas para defender su dignidad negra.

Así lo confirmo Césaire en una conferencia pronunciada en la Universidad de Florida, en Miami en 1987 cuando dijo: “La negritud es sobresalto, sobresalto de dignidad. Es rechazo, quiero decir rechazo a la opresión. Es combate, es decir combate contra la desigualdad (…)Con la negritud comenzó la empresa de rehabilitación de nuestros valores por nosotros mismos…” podríamos añadir que crearon autoestima.

Teniendo en cuenta que el concepto es algo vago y que no tiene estructura propiamente dicha, aunque evidentemente si tuvo un gran poder sentimental; se le reconoce el mérito de haber fortalecido la conciencia del pueblo negro. De haberle dado una razón a su distinto color de piel, una simbólica pieza arqueológica, que les recordaba quienes eran, dentro de un mundo apedazado en el que curiosamente parece que solo existieran dos razas, la negra sometida y la blanca dominante. Recordemos que el último de los estudiantes vivos, Aimé Césaire murió el 17 de abril de 2008, y con él la base de la corriente originalmente literaria de la Negritud a la espera de nuevos relevos.

(Publicado en la revista literaria CaÑaSanta en 2009)
Para más información sobre Césaire oír el discurso leído en francés aqui:

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