LA BOMBILLA DE BAJO CONSUMO

26 agosto 2011


Llegó al consultorio en dónde tenía una cita con la oftalmóloga con una bombilla de bajo consumo en las manos. Vestía una camisa a rallas salida de un ropero antiguo y un pantalón gris de los que usan los hombres que ya tienen demasiada edad como para ir de tiendas y cuidar su imagen.
Al verlo uno pensaba en un abuelo, sin embargo, rozaba la treintena y su rostro era lozano y lleno de vida. En la recepción un apuesto joven y una chica le tomaron los datos, era un paciente nuevo en la consulta y se sonrieron. Ambos llevaban tanto tiempo trabajando juntos que una simple mirada les bastaba para saber que a ambos les había llamado la atención el detalle de la bombilla de bajo consumo.
A ella esas bombillas además le hacían pensar en algún tipo de enredo lumínico, y se imaginaba que dentro de los tubos doblados había habitantes luciferinos, siempre tuvo una imaginación que sobrepasaba lo natural.
Decían que era por que era miope, y los miopes por lo que se ve, lo que no saben o no pueden ver, se lo imaginan, pero claro la imaginación siempre juega malas pasadas, uno acaba imaginando cualquier cosa con tal de llenar el vacío de la ignorancia.
El paciente hacía días que notaba una molestia al mirar de lejos, como que ya no distinguia bien a las personas, solo veía siluetas.
Al cabo de un rato de espera que le pareció interminable, entró en la consulta y se lo contó a la doctora. Valió la pena la espera- pensó mientras miraba a la oftalmóloga, con ojos de niño en manos de una deliciosa mamá. Ella, elegante y auténticamente profesional, miraba con atención sus ojos, pero no veía su mirada. Al fin y al cabo era oftalmóloga, no psicóloga, ni cuidadora infantil.
Cuando después de su revisión anual, ella le comentó que preferiría verlo una segunda vez, para una revisión, él estaba encantado de que sus ojos tuvieran tal disfunción que les hiciera falta ser revisados, de hecho si le hubieran pedido que se los revisara al infinito, tampoco habría dicho que no.
Así salió de la consulta el miope más feliz del universo, acariciando su bombilla.

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