VALLEJO (Original Mois Benarroch)

Andando por París
y pensando en Vallejo
y en Georgette

No tengo hambre
ni vivo en París

me pregunto qué encontraba yo en esta ciudad
por qué soñaba tanto en vivir aquí
c’est comme un soutien-gorge
sans seins

Y pienso en César
de hambre
César
que no era Julio César
ni siquiera Junio César

Pienso en su hambre
en sus delirios
viendo a todos pegándole
en su guerra de España
y en su muerte de hambre
tan romántico
y tan pobre

Desde los valles de Perú
un medio indio invadido
por la locura europea
en este París

en el que cada año se abre
una nueva Fnac
y cada día hay más pobres
en este mundo que no se divide
entre los que ganan más y los que ganan menos
sino entre un 80% que trabaja
y un 20% que no.
Siempre una parte de la humanidad
estuvo dispuesta a sacrificar
a la otra parte.

VALLEJO (Version française Rosa Ramos)

Je marche dans Paris
et je pense à Vallejo
et à Georgette

Je n’ai pas faim
et je ne vis pas à Paris

je me demande qu’est-ce que je lui trouvais à cette vile
pour quoi je rêvais tant de vivre là
c’est comme un soutien-gorge
sans seins
*

Et je pense à César
de faim
César
que n’était pas Julius César
ni encore June César

Je pense à sa faim
à ses délires
voyant tout le monde le frapper
dans sa guerre en Espagne
et de sa mort de faim
si romantique
et si pauvre

Depuis les vallées du Pérou
un moitié indien envahît
par la folie européenne
dans ce Paris

dans lequel chaque année on ouvre
un nouvel Fnac
et chaque jour il y a plus de pauvres
ce monde qui n’est pas divisé
entre ceux que gagnent plus et ceux qui gagnent moins
mais entre un 80% qui travaille
y un 20% que ne le font pas.
Toujours une partie de l’humanité
à été prête à sacrifier
l’autre.
* (Note de la traductrice: La phrase est en français dans l’original)

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LA SOLITUDE PARISIENNE

14 agosto 2011

Il pleut. Comment dire; Paris est vraiment gris quand il pleut et elle trenne ses pieds dans les rues. Il pleut. L’eau rentre dans ses petites sandales d’ete, c’est une pluie d’été, toute bête, naïve, croit-elle peut-être qu’elle sert à nettoyer la vile de son désarroi.
Et elle aime de se mouiller dans sa solitude. Paris, son métro est plein à craquer, et une femme dedans pleure assise dans le quai. Seule avec sa peine. A côte une jeune fille lit un livre absente dans sa lecture. Un jeune hoche la tête absent avec sa musique dans les oreilles.
La Tour Eiffel et Notre-Dame sont plus entourés qu’elle. Le reste des gens sont ou absents ou en vacances en Provence.
Paris au mois d’Août est vide, mais si en plus il pleut, il est vide, mouillé avec des gens absents ou des touristes obnubilés. La vile monumental aveuglante leur satisfait. Les détails des visages des habitants habituels leur passent par dessous de la tête.
Mais il est logique, personne ne ferait des kilomètres et des longs voyages pour voir une simple femme de ménage que ne sait que pleurer un jour de pluie d’été dans le Métro, et avec le seul but de prendre le RER pour aller vers la banlieue, retrouver des enfants à qui elle en peut pas offrir des vacances d’été, des enfants que n’ont pas encore jamais vu la mer.
Des heures et des heures à travailler, à se déplacer pour revenir à une maison triste dans un quartier triste, là ou les touristes n’iront jamais voir ce qu’il se passe.
Ils se promèneront au Louvre, ou au Musée d’Orsay, pourtant certains graffitis de la cité sont des ouvres d’art, que ne seront jamais reconnues. Certaines sont imprégnés de la haine des enfants des femmes pleureuses, que ne savent pas quoi faire pour rendre plus facile la vie à leurs mamans. Parfois, eux aussi ils pleurent dans leur chambre en cachette, c’est trop nul de pleurer en publique. Encore que leur mamans qui pleurent au Métro sont entourés des gens aveugles, à la fin, c’est la même chose.
Un jour comme n’importe lequel dans la quotidienneté de la grande ville des lumières.

LA SOLEDAD PARISINA (Traducción al español a petición de Ricardo Baldor-Poeta de Culiacán-México)

Llueve. Como decirlo: Paris es realmente gris cuando llueve y ella arrastra sus pies por las calles. El agua entra por sus pequeñas sandalias de verano, es una lluvia de verano, sonsa, crédula, a lo mejor se cree que servirá para quitar de la ciudad su desespero. A ella le gusta mojarse en su soledad. Paris, su metro está abarrotado, y una mujer dentro llora sentada en el andén. Sola con su tristeza. A su lado una mujer joven lee un libro ausente en su lectura. Un joven mueve su cabeza ausente con la música en los oídos.
La Torre Eiffel y Notre-Dame están más acompañados que ella. El resto de la población está ausente o de vacaciones en provincias. Paris en el mes de Agosto está vacío, pero si encima llueve, está vacío y mojado con gente ausente y turistas obnubilados. La ciudad monumental cegadora les satisface. Los detalles de los rostros de la gente les pasan desapercibidos. Pero es lógico nadie, haría miles de kilómetros y largos viajes solo para ver a una simple mujer de la limpieza que solo sabe llorar un dia lluvioso de verano en el metro, y cuyo único objetivo es cojer el tren de cercanías,para ir a los suburbios, encontrarse con sus hijos, a quienes ella no puede ofrecer vacaciones de verano, niños que todavía no han visto nunca el mar.
Horas y horas de trabajo, desplazarse para volver a una casa triste en un barrio triste, allá dónde los turistas nunca irán a ver que pasa.
Se paserarán por el Louvre o por el Museo d’Orsay, y sin embargo algunos graffitis del gueto son obras de arte que nadie reconocerá. Algunas están impregnadas del odio de los hijos de mujeres lloronas, que no saben que hacer para facilitarle la vida a sus madres. En ocasiones, ellos tambien lloran a escondidas en su habitación, es estúpido llorar en público. Aunque sus madres que lloran en el metro están rodeadas de gente ciega, al final, es lo mismo.
Un día como cualquier otro en la cotidianidad de la gran ciudad de la luz.

EL  DIARIO (Original José Vidal Valicourt)

Releyendo tu diario has regresado a la plaza de Clichy. Sabes que allí inició Bardamu su viaje hacia el fin de la noche. Ahora te ves solo, pisando los adoquines recién regados, encogido en tu abrigo y con el pelo en desorden completo -metáfora cruel de tu cerebro- en busca de un café para resguardarte del frío.
Inmerso en la lectura de aquellos días grises de noviembre, estás sintiendo un dolor agudo en las manos, como si aquel frío regresara ahora con mucha más virulencia. Este hombre del diario -que dice llamarse como tú te llamas- suele quedarse paralizado en medio de la plaza sin saber a dónde dirigir sus pasos, su mirada.

Ha caminado la ciudad hasta agotarla. Sus piernas están temblando. Su rostro está invadido por una maleza negra y su piel ha adquirido un tono verdoso. Mientras vas avanzando a través de este territorio escrito, te has topado con un hombre cuyo semblante te obliga a retroceder.

Pero no puedes esquivarlo. Sus ojos parecen haber vuelto de un mundo sin habitantes.

Tanta es su ausencia. Lees lo siguiente: “espero una colisión que destruya lo más querido, rechazo los viejos poemas, los restos del naufragio.” Este hombre -que insiste en llamarse como tú te llamas- nunca ha superado los umbrales de las puertas. Su verbo preferido es declinar. Te recuerdas dando vueltas alrededor de la plaza, frecuentando los antros más abyectos, sumergiéndote en un encanallamiento ficticio,  pero no por ello menos suicida.
Estas notas -escritas con letra diminuta- están lastradas de lluvia, café aguado y mujeres pálidas que abrazaste en cuartos húmedos. Sigues leyendo, aunque sólo sea para tocar fondo: “el placer que causa la descomposición, la ciénaga y, a pesar de todo, esta nostalgia de la exactitud, de lo No importa cuan mal van las cosas, tienes que seguir viviendo, incluso si te matapreciso: la clavícula de Ivonne, las caderas anémicas de Michelle. Huesos femeninos que buscan a toda costa salirse de la piel.” Y aquellas clases de español en los distritos últimos de París, allí donde el Sena arroja toda su inmundicia, allí donde el río se vuelve innoble, rastrero. Y tu torvo hermetismo ante la desnudez vidriosa de Claire, alumna amorosa y falaz. Y el regreso a Clichy, meditando sobre las andanzas de Bardamu a punto de alistarse en el ejército. Y luego, torcer hacia una calle sin nombre y detenerte en una brasserie para tomar un café junto a una anciana desdentada.

Y tantas cosas, para después admitir tu sequedad poética, tu encefalograma plano, tu instinto de oruga.

Reconocer que escribir en primera persona ha sido uno de los errores más graves que has cometido en esta vida, entre eremítica y licenciosa.

En esta vida que no es tuya, sino de este intruso que merodea por estás páginas. Es hora de cerrar el cuaderno -con sus anillas y sus hojas cuadriculadas, repleto de tachaduras y de anotaciones en los márgenes- y empezar a vivir como lo que en verdad eres: un desconocido.

EL DIARI (Versió Catalana Rosa Ramos)

Rellegint el teu diari has tornat a la plaça Clichy. Saps que allà inicià Bardamu el seu viatge fins el final de la nit. Ara et veus tot sol, trepitjant les llambordes acabades de regar, encongit  en el teu abric i amb el cabell en complet desordre- metàfora cruel del teu cervell- a la recerca d’un cafè per arrecerar-te del fred. Immers a la lectura d’aquells dies grisos de novembre, estàs sentint un dolor agut a les mans, com si aquell fred retornes ara amb molta més virulència. Aquest home del diari- que diu anomenar-se com tu t’anomenes- sol quedar-se paralitzat en mig de la plaça sense saber a on dirigir les seves passes, la seva mirada.

Ha caminat la ciutat fins a esgotar-la. Les seves cames estan tremolant. El seu rostre esta envaït per una brossa negre i la seva pell a adquirit un to verdós. Mentre vas avançant a traves d’aquest territori escrit, t’has topat amb un home del qual el rostre t’obliga a retrocedir.

Però no pots esquivar-lo. Els seus ulls semblen haver tornat d’un món sense habitants.

Tanta es la seva absència. Llegeixes el següent: “espero una col·lisió que destrueixi el més estimat, refuso els vells poemes, els restes del naufragi” Aquest home- que insisteix a anomenar-se com tu t’anomenes- mai ha superat els llindars de les portes. Et recordes donant voltes al voltant de la plaça, freqüentant els antres més abjectes, submergint-te en un emmurriament fictici, però no per això menys suïcida.

Aquestes notes- escrites amb lletra diminuta- estan llastrades de pluja, cafè aigualit i dones pàl·lides  que vares abraçar en habitacions humides. Segueixes llegint, encara que només sigui per tocar fons: “el plaer que causa la descomposició, el aiguamoll i, a pesar de tot, aquesta nostàlgia de l’exactitud, del què és precís: la clavícula de Yvonne, els malucs anèmics de Michelle. Ossos femenins que cerquen a tot preu sortir de la pell” I aquelles classes d’espanyol en els districtes últims de París, allà on el Sena foragita tota la seva immundícia, allà on el riu es torna innoble, vil. I el teu hermetisme atroç davant la nuditat vidriosa de Claire, alumna amorosa i fal·laç. I el retorn a Clichy, meditant sobre les escapades de Bardamu a punt de allistar-se al exèrcit. I desprès, girar cap un carrer sense nom i aturar-se en una braseria per prendre un cafè tocant a una anciana desdentada.

I tantes coses, per desprès admetre la teva sequedat poètica, el teu encefalograma pla, el teu instint de poruga.

Reconèixer que escriure en primera persona ha estat un del errors més greus què has comès en aquesta vida, entre eremítica i llicenciosa.

En aquesta vida que no es teva, sinó d’aquest intrús que ronda per aquestes pagines.  Es hora de tancar aquest quadern- amb les seves anelles i les seves fulls quadriculades, replet de gargots i de anotacions en els marges – i començar a viure com el que de veritat ets: un desconegut.

LE JOURNAL (Version française Sonia Soriano et Rosa Ramos)

En relisant ton journal t’es retourné à  place Clichy. Tu sais que c’est  là-bas que Bardamu entrepris son voyage  vers le bout  de la nuit. Maintenant tu te vois tout seul, marchant sur les pavés fraichement arrosés, blotti dans ton manteau et avec les cheveux  complètement en bataille – métaphore cruelle de ton cerveau- à la recherche d’un café pour t’abriter du froid.

Plongé dans la lecture de ces jours gris de novembre, tu sens une douleur aigue dans les mains, comme si ce froid revenait maintenant avec beaucoup plus de virulence. Cet homme au  journal- qui dit s’appeler comme toi tu t’appelles- qui d’habitude reste paralysé au beau milieu de la place sans savoir où diriger ses pas, son regard. Il a parcouru la ville jusqu’à l’épuiser. Ses jambes  tremblent. Son visage est envahi  par une  broussaille noire et sa peau a acquis un ton vérdâtre. Tandis que tu continues d’avancer à travers ce territoire écrit, tu as rencontré  un homme dont le visage t’oblige à  reculer.

Mais tu ne peux pas l’esquiver. Ses yeux semblent  être  revenus d’un monde sans habitant.

Si grande est son absence. Tu lis ce qui suit  «j’attends q’une collision qui détruise ce qui m’est le plus cher , je refuse les vieux poèmes, les restes du naufrage »

Cet homme- qui s’obstine à  s’appeler comme toi tu t’appelles-  n’a jamais dépassé le seuil des portes  . Son verbe préfèré c’est décliner.  Tu te revois  te promenant  autour de la place, fréquentant les antres les plus abjects, te submergeant dans un encanaillement fictif  mais pas moins suicidaire pour autant.

Ces notes-  à l’écriture en pattes de mouche- sont lourdes  de pluie, de café noyé   et  de femmes pales que tu as embrassées dans des chambres humides.Tu continues de lire,  même si ce n’est que pour  toucher le fond :

«Le plaisir  cause de  décomposition ,  de marécage et, malgré tout, cette nostalgie de l’exactitude, de la précision  : la clavicule d’Yvonne, les hanches anémiques de Michelle. Os féminins qui cherchent  désespérément à sortir de la peau »

Et ces cours d’espagnol dans les  arrondissements limitrophes  de Paris, là où la Seine déverse  touts ses détritus, là où le fleuve devient ignoble, vil. Et ton  hermétisme torve devant la nudité vitreuse de Claire, élève   affectueuse et fallacieuse.

Et le retour  à Clichy, méditant sur les escapades de Bardamu  sur le point de s’enrôler dans l’armée. Et puis après,   tourner dans une rue sans nom, et t’arrêter dans une brasserie pour prendre un café à côté d’une vielle dame édentée.

Et tant d’autres choses, pour après admettre ta sécheresse poétique, ton encéphalogramme plat, ton instinct de chenille.

Reconnaître qu’ écrire  à la première personne   a été une des erreurs les plus graves que tu  aies commises  en  cette vie, entre érémitique et  licencieuse.

Dans cette vie que n’est pas la tienne, mais celle de cet intrus qui rôde dans ces pages. C’est l’heure de fermer ce cahier- avec ses anneaux et ses feuilles quadrillées, rempli de  ratures et  d’annotations dans les marges- et de commencer  à vivre comme ce que tu est vraiment : un méconnu.